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Las Bandas Criminales Venezolanas: Guerreros de la Revolución Cultural

This is a Spanish translation of "The Criminal Gangs of Venezuela" (July/August 2014) provided by the author, and translated by Gilda Calleja, Ph.D.

Cuando a principios de febrero (2014) surgieron las protestas masivas contra el gobierno venezolano, ya los índices de criminalidad en el país eran alarmantes: en el 2013 hubo alrededor de veinticinco mil asesinatos, de los cuales noventa y siete por ciento están sin resolver. Las cifras comenzaron a empeorar cuando bandas en motocicletas con vestimenta de civil empezaron a disparar a ciudadanos desarmados, especialmente a jóvenes, sin que las fuerzas de seguridad intervinieran.

Estos grupos paramilitares, conocidos como colectivos, surgieron durante la presidencia de Hugo Chávez para custodiar su programa revolucionario. Oficialmente, son organizaciones comunitarias, sin embargo, el director del Observatorio Venezolano de la Violencia, Roberto Briceño, sostiene que son “guerrillas protegidas por el gobierno”. Existen informes y evidencia fílmica de los colectivos asesinando y golpeando a manifestantes, destrozando vehículos, saqueando casas y negocios y hasta atacando a fuerzas  pro gubernamentales en un intento de empañar la imagen de los manifestantes pacíficos, escalar el conflicto y justificar las tácticas de mano dura.

A pesar de que la delincuencia desenfrenada no es típica de regímenes autoritarios, los colectivos y las bandas criminales han disfrutado de amplia impunidad en Venezuela. Bárbara González, funcionaria de los servicios de inteligencia venezolanos (SEBIN) por seis años hasta que desertó febrero pasado, explicó por qué en entrevista con la estación colombiana Radio Caracol. Sostuvo que estas “guerrillas urbanas” están mayormente compuestas de delincuentes armados por el gobierno y entrenados por el grupo terrorista colombiano FARC. Más aún, relató, todas las fuerzas de seguridad venezolanas, incluso la policía y el SEBIN, tenían órdenes de dejarlas actuar libremente. Un antiguo funcionario de inteligencia cubano que trabajó en Venezuela, Uberto Mario, corrobora que Cuba recluta delincuentes en barriadas pobres venezolanas para los tupamaros, un grupo radical marxista anterior a Chávez hoy incorporado a los colectivos. Son adiestrados para desestabilizar la sociedad venezolana y contener la oposición y el malestar social. Mario afirma que después de recibir instrucción en marxismo-leninismo son enviados a Cuba para aprender a "matar y reprimir."

Quizá en un intento de encubrir que se están enviando delincuentes venezolanos a entrenarse en Cuba, en agosto de 2013 el vice ministro del interior venezolano habló en televisión de haber conversado con miembros de doscientas ochenta bandas delictivas (que integran unas diez mil personas) como parte de un programa del gobierno para proporcionar asistencia financiera a los que entreguen las armas. Varias semanas después, en octubre, la vice ministro de seguridad ciudadana reconoció que los delincuentes que voluntariamente entreguen sus armas serían enviados a Cuba a rehabilitarse para luego unirse a las fuerzas del trabajo. Coincidiendo con esta declaración, anunció el despliegue de más de doce mil "soldados" en las calles para apoyar a la policía.

En marzo, fuentes de las fuerzas de seguridad venezolanas declararon a El Nuevo Herald de Miami que desde el palacio presidencial en Caracas una veintena de oficiales y funcionarios de alto rango cubanos planifican las operaciones de entre 600 y 1,000 hombres armados que conforman las bandas paramilitares chavistas. Confirman que  juegan “un papel estelar en la represión emprendida por Maduro contra los manifestantes venezolanos, encargándose de operaciones que van desde la seguridad en los alrededores del palacio presidencial hasta la planificación de futuros arrestos de opositores.”

Venezuela y Cuba han tenido una estrecha y excepcional relación desde que Hugo Chávez se convirtiera en presidente de Venezuela en 1999. Cientos de proyectos económicos y políticos conjuntos enlazan firmemente a los dos países. Se despliegan miles de "asesores" cubanos a Venezuela mientras que ésta proporciona, según los cálculos de expertos, alrededor de US$10-12 mil millones anuales en ayudas a la economía cubana. Ambos países han liderado un proyecto de integración regional económica y política conocido como ALBA -Alianza Bolivariana para América - que ha llevado el programa revolucionario a un número creciente de países de América Latina y el Caribe. Oficialmente conocido como el "socialismo del siglo 21", se trata esencialmente de marxismo-leninismo adaptado a la región y a las circunstancias actuales.

La clave para entender porqué el gobierno venezolano auspicia esta epidemia criminal se encuentra en la teoría marxista que mantiene que la burguesía y el proletariado deben igualarse económicamente a la fuerza. El teórico marxista italiano Antonio Gramsci sostenía que era mediante la hegemonía cultural que el nuevo proletariado alcanzaría el poder y que este debía tener muchos delincuentes a la cabeza. Su “larga marcha a través de la cultura” tiene como objetivo desarticular la familia tradicional e ir abarcando escuelas, iglesia, medios de comunicación, organizaciones cívicas y, finalmente, a toda la sociedad. Debido a que la cultura occidental cristiana se interpone en el camino del orden comunista previsto, debe ser conquistada por medio de una transformación social y cultural radical. Una redistribución de la riqueza al estilo de Robin Hood le da poder a las clases bajas, debilita las medias y altas y promueve la lucha de clases. Facultar a las bandas criminales para matar, secuestrar, robar y extorsionar debilita la sociedad civil y los valores occidentales fundamentales, tales como la inviolabilidad de la vida y el derecho a la propiedad privada. Otras herramientas que contribuyen a la fragmentación social son, por ejemplo, el tráfico de drogas y el apoyo a los grupos terroristas como las FARC; existe evidencia vinculándolos a los más altos funcionarios y militares venezolanos.

Cuando el crimen erosiona al imperio de la ley se crea un vacío que permite que un estado militarizado intervenga con mayores poderes y la sociedad, temerosa y ansiosa, cede sus derechos civiles a cambio de protección. El crimen violento también distrae la atención de los cambios radicales que están teniendo lugar simultáneamente. Y la desmoralización causada por la delincuencia incontrolada empuja hacia el exilio a los que se sienten mas afectados por las condiciones socioeconómicas cambiantes –los integrantes de las clases altas y medias. Desde que Hugo Chávez llegó a la presidencia del país en 1999, se calcula que un millón de venezolanos, un 3,5% de la población, ha huido; esto incluye la mitad de la comunidad judía del país, que ha sido particularmente atacada por el régimen.

La pobreza como política de estado ha sido un elemento clave del plan revolucionario castro-chavista. Al principio, la pobreza extrema se mitiga con dádivas del gobierno que crean lealtad política, dependencia económica y un sentido de esperanza anclado en el estado bienestar. (La ironía es que esto desincentiva el trabajo y el espíritu empresarial, que son las vías efectivas para superar la pobreza.) Junto a estas dependencias viene el adoctrinamiento en la lucha de clases. El 25 de febrero de 2013, el ministro de educación de Venezuela, Héctor Rodríguez, utilizando la grandilocuencia típica de la lucha de clases, declaró en la televisión que la erradicación de la pobreza no significaba “no es que vamos a sacar a la gente de la pobreza para llevarlas a la clase media y que pretendan ser escuálidos.”

El General Guaicapuro Lameda, ex jefe del poderoso monopolio petrolero estatal de Venezuela, PDVSA, abrió una ventana a los objetivos del gobierno, cuando relató en una entrevista en 2012 que diez años antes, Jorge Giordani, entonces ministro de finanzas de Venezuela, le explicó la razón de ser de las políticas económicas que parecían no tener sentido. La revolución, Giordani confesó, en realidad estaba preparando una transformación cultural que tomaría alrededor de treinta años en lograrse y requeriría mantener a los venezolanos más necesitados pobres, pero esperanzados. Lameda también relató que Fidel Castro había expresado la misma filosofía cuando le aclaró lo que Cuba necesitaba de Venezuela: "Para mantenernos, necesitamos unos 4.000 millones de dólares al año. Más de eso 'estorba', la gente empieza a vivir bien y se acaba el discurso de la pobreza".  Al darse cuenta de que este plan requeriría mantener a los pobres en estado de dependencia mientras que las demás clases se hundirían, el general Lameda renunció.

Según el plan, cuando la sociedad haya sido "igualada" hacia abajo, la mayoría, si no la totalidad, del capital y de los medios de producción estarán en manos del estado, es decir, de la élite gobernante. Para cuando el proceso se haya completado, el servicio de inteligencia (de corte cubano) habrá tenido años de experiencia para contener cualquier tipo de oposición residual. La milicia de voluntarios armados, integrada por ochocientos mil fervientes chavistas entrenados "para defender la revolución", se plegará a las fuerzas armadas regulares, que para entonces habrán sido suficientemente purgadas, intimidadas y sometidas. Es entonces que, de ser necesario, las bandas paramilitares y criminales autorizadas para crear el miedo y el desorden que justifican el autoritarismo serán absorbidas o neutralizadas y desarmadas. Como supuesta medida para detener la criminalidad en Venezuela, pero en efecto para frenar una posible resistencia, en junio de 2009 se prohibió la venta de armas a la población civil y se cerraron todas las tiendas de armas.

 

En Cuba el totalitarismo se consolidó a principios de los ’60, mucho más rápido que en Venezuela, impulsado por la guerra fría. Un régimen popular reemplazó a una tiranía detestada y rápidamente logró implantar el terror por medio de ejecuciones masivas y encarcelamientos políticos. Pero el “socialismo del siglo 21”, una idea original de Fidel Castro y del fallecido Hugo Chávez, se fundamenta en utilizar los mecanismos constitucionales para gradualmente ir usurpando el proceso democrático y desmantelando las libertades individuales. A la vez, se utilizan mantras retóricos concebidos para ocultar lo que realmente está ocurriendo. El sucesor de Chávez como presidente, Nicolás Maduro, satura sus discursos con "Dios", "paz", "amor", y "diálogo", incluso cuando se burla e insulta a la oposición. Maduro debe conocer el guión muy bien; un ex-analista de inteligencia cubano que vive en la clandestinidad en los EEUU afirma que Maduro se formó en Cuba como agente comunista.

Aunque el difunto Hugo Chávez llegó a la presidencia en 1999 insistiendo en que no era socialista, la lucha de clases ha estado a la vanguardia de la constante radicalización del régimen. Pero fue sólo después de una década en la presidencia que rugió que la revolución estaba "tomando absolutamente todo el poder para eliminar totalmente la burguesía de todo el espacio político y económico." Le tomó años de lucha de clases, en obra y palabra, para que en febrero de 2010 caminara por Caracas seguido por cámaras de televisión y fuera apuntando hacia pequeñas empresas y ordenando que se confiscaran de inmediato.

El manual estratégico para este tipo de “socialismo moderno” fue creado por los hermanos Castro apoyados por la inmensa riqueza petrolera de la que disponía Chávez. Su nido ideológico es el Foro de São Paulo, fundado en 1990 conjuntamente por Fidel Castro y el entonces futuro presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva para reavivar, en un nuevo marco, la izquierda radical después de la caída del comunismo soviético. El objetivo es avanzar hacia una transformación radical marxista leninista de la sociedad no por medio de la lucha armada, sino socavando gradualmente, desde adentro, el capitalismo, la democracia, y las instituciones y valores burgueses. Esto se expresa en el proyecto de integración regional ALBA, abiertamente anti americano, y en el nuevo foro CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe), que excluye a los Estados Unidos y Canadá y busca ir descartando a la OEA (Organización de Estados Americanos) para eventualmente sustituirla.

Ecuador, Bolivia, y Nicaragua, miembros de ALBA, han emprendido el camino revolucionario, entre otras cosas habiendo admitido “colaboradores” cubanos, encargados de las dádivas populistas, enmendado sus respectivas constituciones para perpetuar y fortalecer al presidente en el poder, debilitado la rama judicial, expandido el papel del estado en la economía y erosionado el libre mercado y la libertad de prensa. Cuatro pequeñas repúblicas insulares del Caribe también son miembros de ALBA. Argentina, Brasil, Uruguay, Chile, Perú, El Salvador y la República Dominicana no son parte de ALBA —al menos oficialmente y por ahora— y tienen marcos democráticos internos más fuertes, pero sus presidentes son miembros del Foro de São Paulo. Según un funcionario que trabajó dieciocho años con la inteligencia cubana que está hoy en día en la clandestinidad en la Florida, Cuba ha reclutado o tiene relaciones con "todos" los líderes de izquierda de América Latina, incluso con los menos radicales, y los ayuda a alcanzar posiciones de poder e influencia. Por lo tanto, no es de extrañar que casi todos los líderes latinoamericanos se hayan mantenido en silencio frente a las graves violaciones de derechos humanos ocurridas en Venezuela y en Cuba y hayan apoyado a la dictadura cubana, aceptándola como un miembro de fiar en la región.

Muchos venezolanos, incluidos funcionarios civiles de alto rango, militares y políticos prominentes, han denunciado la infiltración de Cuba en los más altos niveles de gobierno en Venezuela, sobre todo por sus métodos de control social, aprendidos de sus antiguos mentores de la KGB y de la Stasi y perfeccionados a lo largo de cincuenta y cinco años. En un discurso de 1971 en la Universidad de Concepción, en Chile, Fidel Castro habló del engaño que se había empleado en la toma del poder cuando, reconociendo que la lucha que llevó contra la dictadura de Batista no habría podido ser abiertamente socialista dado el nivel de conciencia política existente en la sociedad cubana la primera vez que se hizo con el poder.  Explicó:  “…buscar el máximo de cambio social no significa que en cualquier instante se pueda proponer ese máximo, sino que en determinado momento —y en consideración al nivel de desarrollo de la conciencia y de las correlaciones de fuerzas— se puede proponer un objetivo determinado.  Y una vez logrado ese objetivo proponerse otro objetivo más hacia adelante.”

 

El plan chavista para destruir el libre mercado y la iniciativa privada implica restricciones estrictas de cambio de divisas, el control irracional de los precios y confiscaciones generalizadas de empresas y tierras agrícolas. El resultado es el declive en la producción -privada y pública- y en la capacidad de exportación, con la consuecuente creciente dependencia de las importaciones, e incluso, una escasez extrema de productos básicos. Por lo tanto, Venezuela es hoy un desastre pese a sus enormes ingresos de petróleo y tener las mayores reservas conocidas del mundo (el petróleo fue nacionalizado hace décadas). Presenta la tasa de inflación más alta del mundo (oficialmente es 56%, aunque los expertos consideran pero esta cifra es demasiado baja), una deuda acumulada con China de US$38.5 mil millones, reservas monetarias agotadas, devaluaciones sucesivas, despilfarro desenfrenado y corrupción en el sector estatal y a todo nivel en el gobierno, así como años de fuga masiva de capitales y derrumbe de la inversión extranjera.

El modelo revolucionario actualizado ha tenido que adaptarse a la comunicación instantánea de masas y a un mayor reconocimiento internacional de los derechos humanos al que tuvo el régimen de Castro en sus inicios. Sin embargo, el terror sigue siendo su componente esencial. Las bandas paramilitares parecen calcadas de las Brigadas de Respuesta Rápida cubanas, compuestas por matones armados con garrotes que reprimen la oposición interna y las protestas públicas. Sin embargo, en esta etapa pre-totalitaria, cuando aún en Venezuela no se ha establecido un estado policial absoluto, estas bandas de delincuentes propiciadas por el estado bien podrían ser el talón de Aquiles del régimen.

La violencia criminal desenfrenada y la erosión de las libertades civiles combinadas con una grave crisis económica es cada vez menos soportable para los venezolanos. Los estudiantes, seguidos por los ciudadanos de todas las edades, salieron a las calles masivamente, permaneciendo allí semanas y desafiando valientemente balas, golpes y gases lacrimógenos.  Cuarenta y dos han muerto han muerto hasta la fecha como resultado directo de las manifestaciones, docenas han sido torturados, cientos heridos, un sinnúmero detenidos y muchos gaseados con gases lacrimógenos incluso dentro de sus hogares. La amplia evidencia gráfica de la brutalidad es convincente y se ha expuesto ampliamente tanto en los medios sociales como en los tradicionales. En lugar de contener los disturbios, la repression impulsó las protestas y la resistencia; además, ha generado una indignación internacional generalizada.

Las condiciones en Venezuela presentan un reto ante el cual incluso los expertos en represión cubanos no tienen experiencia. El régimen de Maduro ha optado por intensificar las tácticas represivas con una incomparable violencia patrocinada por el estado. El futuro del país estará en manos de quién controle la calle ¾ las bandas criminales dispuestas, literalmente, a matar la disidencia o los manifestantes que comprendan que si no tiene éxito, Venezuela no tiene futuro.

María C. Werlau es la directora ejecutiva del proyecto sin fines de lucro Archivo Cuba Archive, con sede en New Jersey. Este artículo es tomado del inglés que se publicó en World Affairs Journal, julio-agosto 2014.

Traducido del inglés por Gilda Calleja, Ph.D.

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